viernes, 31 de agosto de 2012

EL PLANETA ROJO… Por: René López Victoria



Aún sin terminar de entender    los   beneficios  legados  a  la humanidad   desde la llegada del hombre a la Luna, en   1969,  cuando en plena Guerra  Fría, Rusia y Estados Unidos,   se disputaban  la supremacía mundial  en sendos programas espaciales    y   Kennedy,  como  Kruschev,   no querían  quedarse  a la zaga.
 Podríamos   asegurar  que   la importancia era   política,  más que  científica;  porque si bien es cierto  que  los  avances  tecnológicos desde  esa década  hasta la actual han sido enormes,  el conocimiento obtenido en relación  al  magno universo,  ha sido  tan corto  como  lo fue el primer paso que dio  sobre la superficie lunar,  el inolvidable  Neil  Armstrong,  recientemente fallecido.
  A juzgar  entre  otras informaciones, que podemos  ver : “En  todas las misiones a la luna,  -que fueron seis, -entre 1969 y 1972-,  se trajeron a la tierra 400 kilos de roca lunar,   que  fueron analizadas   en 60 países y permitieron demostrar la antigüedad del sistema solar, el sol y los planetas"… “Otro de los conocimientos que se lograron con las misiones lunares,  fue medir con un  rayo  láser la distancia de la tierra a la luna”.  “También se pudo calcular  que las rocas  lunares son 1.300 millones de años más antiguas que cualquier roca terrestre"  y que “La luna está igual que hace 4.600 millones de años, que fue cuando se formó”.

Hoy, con La irrupción o llegada del hombre –así sea tecnológicamente- al planeta Marte, debería llamarse a cuentas   a Los líderes de la política mundial   especialmente  a los de Estados Unidos, quienes destinan sistemáticamente cantidades millonarias en euros y dólares a la industria armamentista y militar para preservar así su hegemonía en este planeta.
Porque es más que evidente, que   se trata de  continuar esta política estratégica desde el espacio exterior, donde el monto de los recursos que asignen a la búsqueda de la supremacía espacial alejará aún más toda posibilidad de resolver los males y rezagos ancestrales que laceran a la sociedad mundial.
¿De qué manera  podría  frenarse,  esta patológica ambición que utiliza los avances científicos y tecnológicos al servicio de   delirios futuristas, en lugar de orientarlos al mejoramiento de las condiciones actuales de la población global, como cabría esperar de quienes son  grandes beneficiarios  del producto del trabajo de toda la humanidad?...
Al planeta  se le acaba el tiempo para asegurarse de que habrán  suficientes alimentos, agua y energía para cumplir las necesidades de una población que crece rápidamente  a  9.000 millones de habitantes para el 2040, desde los 7.000 millones actuales.
Incluso para el 2030, el mundo necesitará al menos un 50% más de alimentos, un 45% más de energía y un 30% más de agua, según las estimaciones de la ONU, en momentos en que los cambios en el medioambiente están poniendo nuevas trabas al suministro.
Y si los que rigen en el planeta,   -por andar haciendo brecha  espacial-     no logran solucionar  estos problemas,  se  condenarán   hasta  3.000 millones de personas a  alta pobreza  según el mismo órgano mundial.  Y lo que haga falta, sumando:    hambruna,  racismo,  discriminación,   trata  de   blancas,   violaciones a los derechos humanos,   cambio climático,                                                                                                                                                                                                                                             destrucción  y aniquilamiento   de la naturaleza y de los animales,                                                                                       inmigración ilegal, corrupción y  narco.                                                                                                                                El peor de todos los males, empero,  es la indiferencia...