miércoles, 22 de febrero de 2012

EL HURACÁN PAULINA, MOSTRÓ A LA SOCIEDAD, QUE EL GOBIERNO NO ESTA PREPARADO PARA NINGÚN PEQUEÑO INCIDENTE NATURAL. PESE A LOS CHONCHOS PRESUPUESTOS.




* TESTIMONIO DE UN SOBREVIVIENTE DEL PAULINA  DE LAS CALLES ZIMAPÁN Y PACHUCA

 Sabíamos que había un huracán pero no de su intensidad: Francisco Ugalde  
* La ayuda llegó como a las 9 de la mañana, dice el músico

 Aurelio Peláez (Primera de cuatro partes) * Hace siete años, la madrugada de un jueves 9 de octubre, los acapulqueños se despertaron con la imagen de una ciudad transformada por el paso del huracán Paulina. Los más, los afortunados, recibieron noticias de que el huracán había afectado gravemente algunas zonas de la ciudad, así como servicios básicos como agua potable, electricidad, drenaje y dañado las vías de la comunicación. Para otro sector fue el drama. Fue perder su casa, propiedades, familiares. Se les reconoció como damnificados, aunque algunos de ellos se definen como sobrevivientes. A continuación, una serie de testimonios de ciudadanos porteños que sobrevivieron al Paulina.

El área de la calle Zimapán fue una de las más afectadas. Ahí murieron familias enteras al derrumbarse sus hogares por la fuerza del agua del río El Camarón.

 Francisco Ugalde Barranco. Músico, vecino de las calles Pachuca y del río El Camarón, en La Progreso.

“Sabíamos que había un huracán, pero a ciencia cierta no conocíamos su magnitud. Conocíamos lo que decía la televisión, que era un huracán, pero no lo describían con la fuerza que venía. Los programas de radio locales no decían absolutamente nada. Protección Civil tampoco. Como siempre de los huracanes en Acapulco pensamos que era uno más.

“A las 2 de la mañana la lluvia empezó a arreciar, y ya el agua corría en las calles. Bajaba como de unos 60 centímetros de altura. Empezamos a oír gritos. Algunos de mis vecinos, eran choferes de taxis: ‘ayúdenme, se llevan mi taxi’, dijo uno. Pensamos que era un robo y cuando salimos el agua arrastraba al taxi y a otros carros más. Entonces le ayudamos a este cuate a agarrar el taxi, él estaba dentro, se lo iba llevando la corriente. Salieron otras personas, pero no lo pudimos detener. Se lo llevó hasta el final de la calle que no tenía salida y se incrustó en una casa, entre la Zimapán y la Pachuca, que se hizo río. Ahí hay muchos vecinos que son de una secta religiosa. Nosotros éramos muy respetuosos de ellos y ellos con nosotros, pero había un templo ahí a tres casas de la mía, sobre la Pachuca. La gente decía, ‘vámonos al templo’, y ya se veía crecido el río del Camarón y se veía la fuerza. Pero dijimos ‘bueno, ojalá que pase esto y ya no suba’, ‘pero está subiendo el río’, decía la gente”.

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 “Me tocaron la puerta como a las cuatro de la mañana cuando ya estaba apremiante el asunto. La gente sí estaba alterada. Me dijeron, ‘véngase al templo con nosotros, porque el río está subiendo mucho’. Yo me acerqué y ya desde mi casa se veía el agua, pero la casa estaba muy fuerte. Hace una cuchilla con las dos calles, y la casa está hecha de piedra, las paredes, con castillos cada dos metros y medio como de 30 centímetros. Confiamos en la construcción, pero en ese momento la gente ya se juntaba en el templo y ya se sentía un movimiento raro. Como por intuición sentíamos que algo estaba pasando pero no sabíamos. Algunas que tenían televisión por cable decían que era un huracán terrible, pero entre lo que se dice, lo que no se dice, y lo que ves, nosotros decidimos quedarnos en la casa. Fue un error, porque la casa era de tres niveles y nosotros optamos por quedarnos en el nivel medio que daba al nivel de la calle y teníamos otro debajo de la calle, y nos subimos al tercer nivel, pero creíamos que nos protegían los muros gruesos. En la esquina de la casa había un baño grande como de siete por cinco, haciendo un triángulo, y tenía una puerta y luego estaba la recamara donde estábamos. Tenía un clóset como de tres metros por 1.20 y las puertas de madera fuertes. Esa recámara tenía una puerta de pino, grande, tipo rústico y adentro una aldabota como seguro, y las ventanas que daban al patio tenían herrería de seguridad, y vidrios. Entonces mi familia, mi mujer, dos hijas y un hijo, nos quedamos en la recamara y le decíamos a la gente que si querían entrar a la casa, y decían ‘no, no’, vámonos al templo. Eso era como a las cuatro de la mañana”.

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 “Como a las 5 oíamos como que aumentaba el río y ya bajaba mucha agua, y veíamos cómo pegaba en la pared. Se fue la luz, se oía el agua y los gritos de la gente. Ahí en la Zimapán la gente le ganaba al río uno, dos metros. El templo estaba a la mitad de la cuadra, a 20 metros del río. Cuando se fue la luz empezamos a sentir la entrada de agua a la recamara, ya no veíamos. Quisimos prender una vela pero ya empezaban las piedras a pegar en la pared y comenzó a subir el agua, y se oía cada vez más fuerte el estruendo de las piedras, y sin luz sin agua. Decidimos meternos al closet. Nos dimos cuenta que ya estaban entrando como piedras. De repente se oyó un estruendo como terrible, como una explosión. Yo me imaginaba que era un tanque de gas, como esos gigantes. Y se venían más piedras, haz de cuenta que nos bombardeaban. Oímos esa explosión y luego sentimos que las piedras eran más grandes, pegaban en la pared. Hay una explosión dentro de la casa. Pensé, ‘ya se cayó la pared’ de la esquina, y la verdad el agua entró por abajo, escarbó la calle, salió por el baño y empezó a entrar con piedras, lodo, todo lo que bajaba por el río, que era de cinco a seis metros de altura. Cuando explota el baño, rompe la puerta del baño y entra a la recamara. Empiezan a pegar las piedras, todo es como una licuadora gigante, con remolinos, con una fuerza destructiva, por que las camas y todo lo de la recámara lo destruyó. Empezó a subir el agua y nos empezó a tapar. Pensamos que era el final, creíamos que no había pared, no sabíamos cómo era la explosión y había entrado el agua. Ya nos llegaba el agua al techo y nosotros atrapados, porque estaba cerrada la puerta de la recamara, entró también al piso de arriba, la cocina también la destruyó”.

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 “Cuando la corriente rompe la puerta de acceso al patio es cuando comienza a desaguarse, y nos da más calma, pero seguía durísima. Cuando vimos que bajó el agua, me aventé a salir. Mis tres hijos y mi esposa me siguieron, agarrados de la mano, salimos a la puerta, pero el agua de la calle venía durísimo. Trate de agarrar un barandal para subir, vi pasar un cuerpo que agarré y ya no se movía. Lo solté. Entonces ya pudimos escalar más arriba hasta llegar al techo, y ya ahí pude ver la magnitud del siniestro. Ahí me di cuenta que no se había caído la casa y empecé a ver a toda la gente que estaba en el templo pidiendo auxilio, estaban igual, hasta el techo todos y el agua corría por abajo. El panorama era diferente, ya no estaban las casas que había, has de cuenta que era otro lugar al que habíamos visto la noche anterior. Vi una camioneta grande que se llevaba la corriente, con gente adentro aporreando las ventanas. Las piedras eral del tamaño de un volkswagen, y rodaban como canicas. Tanques de gas, muchos ahogados. De todas las casas que tenían alberca, no había nada. Yo también tenía alberca, pero ahora había cuatro metros de lodo en el terreno. Perdimos como a once vecinos. También hubo otra familia, a dos cuadras, los Centell. Murieron los once”.

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“La ayuda no se vio, más que el apoyo de los sobrevivientes, que nos echábamos la mano. Llegó la Marina como a las 9 de la mañana, con unas tablas, porque no había paso, no podíamos salir. Tomaron la escuela Amsterdam de albergue. Ahí estuvimos unas horas, pero de ayuda en sí nada mas la marina, que anduvieron rescatando a los que estaban aparte de la tierra firme, porque era como una isla. ya después optamos por caminar, por la California y nos fuimos a refugiar con un familiar de la Farallón. La ayuda no fue inmediata. Yo regresé después con mi mujer a ver qué rescatábamos, pero era imposible, no había nada. Era una casa que habíamos comprado hacía cinco meses. Perdimos todo y el lodo estaba de tres, cuatro metros, inclusive había restos de muertos. Las noticias de pérdidas de vidas humanos (cerca de 170) yo creo fueron alegres, pero creo que fueron cientos, porque las piedras trituraban a la gente, porque se veía como trituraban a la gente. En esas calles todos perdimos. Mi casa ya quedó inhabitable, quedó hueca de abajo. Ahora rentamos. Los demás vecinos que siguen no se pueden reponer. Viven junto al río, no pueden vivir en otro lado. En precarias condiciones, casas quebradas, uno que perdió su casa vive igual, con techos de lámina, venden comida. Nosotros más o menos hemos ido superando porque el trauma es muy fuerte, estuvimos a punto de morir, nada más estábamos esperando que se cayera la pared. Las casas no ofrecen garantías para otro fenómeno igual, las presas gavión no es una infraestructura de a deveras. Acapulco es así, se debe dar prioridad a lo de arriba para que no baje, pero los arreglos que se hicieron esa vez no crearon una infraestructura fuerte, no hay cultura la gente sigue tirando su basura en el Camarón”.

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 “Una de las experiencias que conocí de los vecinos fue de un señor que vivía con su esposa y dos niños, fue dramático. Cuando entró el agua a su casa, él vivía pegado a El Camarón, la fuerza del agua le destruyó la pared. Le mantenía la fuerza del agua pegado a la pared y él viendo como se desaparecían con el torbellino del agua su esposa y sus dos niños. Pasó el temporal y buscó a sus niños. Le dijeron que su niña podía estar un depósito de cadáveres en la UDA. Cuando llegó a identificar a su hija, me acuerdo que estaban dando dos mil pesos por cadáver, para la caja o algo así, cuando él llega a identificar a la niña estaba otro tipo abrazándola y diciendo ‘mi hija’. O sea que se prestaba para la rapiña, y le preguntó ‘cuál hija si es mi hija’, y le contestó. ‘no, es mi hija’; ‘por qué es su hija’, y él la reconocía bien, traía unos aretitos, algo así, total que era una rapiña de ese tipo que estaba llorándole a la niña para que le dieran los dos mil pesos”.